Condicionamiento humano

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Nuestra auténtica naturaleza se encuentra cubierta. Desde la más temprana edad, hemos sido envueltos en nombres, denominaciones, definiciones y conceptos acerca de lo que somos. Nos han vestido con un sinfín de conclusiones sociales, producto de nuestra cultura. Dichas coberturas mentales no nos permiten percibir lo que realmente somos. No vivimos desde nuestra desnudez, sino desde las vestimentas hechas con lo que creemos ser. Fue a la orilla del sagrado río Yamuna, donde Krishna escondió las ropas de las gopis, sus devotas vaqueras, y aceptó devolvérselas solo a quien se mostrara desnuda frente a él. Similarmente, el proceso espiritual consiste en aceptar desnudarnos frente a la existencia. Sin embargo, dicho desnudo debe nacer desde el amor; no puede ser impuesto como en el caso de Draupadi, a quien los Kurus trataron de desnudar y quien Krishna salvó dándole un sari infinito. Finalmente, recordemos el significativo momento en la vida de San Francisco de Asís, cuando se desnuda frente a sus padres, el obispo y los pobres. 

El fenómeno egoico nos impulsa constantemente a escondernos bajo nuestras ropas mentales o condicionamiento. Pretendemos ocultar nuestra herida llamada ego y no queremos ventilarla. Deseamos privacidad para continuar satisfaciendo libremente nuestras demandas y exigencias egoicas. La gente a menudo se comporta en público diferente a que en la intimidad y pocos exponen lo que realmente piensan y sienten. De tanto cubrirnos bajo ropajes, olvidamos nuestra verdadera naturaleza. De tanto escondernos de los demás, se nos hace difícil encontrarnos. 
En el Libro de Génesis, cuando el primer hombre y su mujer se encontraban en su más elevada pureza vivían totalmente desnudos, tal como realmente eran. 

וַיִּהְיוּ שְׁנֵיהֶם עֲרוּמִּים הָאָדָם וְאִשְׁתּוֹ וְלֹא יִתְבּשָׁשׁוּ
 בראשית ב, כ”ה 

Y estaban ambos desnudos, Adam y su mujer, y no se avergonzaban. (Génesis, 2.25)

Fue solo después de caer que percatándose de su desnudez, intentaron cubrirse y así el hombre vestido fue despojado del paraíso. 

ַ וַתִּפָּקַחְנָה, עֵינֵי שְׁנֵיהֶם, וַיֵּדְעוּ, כִּי עֵירֻמִּם הֵם; וַיִּתְפְּרוּ עֲלֵה תְאֵנָה, וַיַּעֲשׂוּ לָהֶם חֲגֹרֹת.

Y fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos: entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales. (Génesis, 3.7)

El maestro vive en la más absoluta desnudez. Cual libro abierto, no oculta nada de nadie. Vemos en Samuel I, que profetizar se relaciona con la desnudez.

 וַיִּפְשַׁט גַּם-הוּא בְּגָדָיו, וַיִּתְנַבֵּא גַם-הוּא לִפְנֵי שְׁמוּאֵל, וַיִּפֹּל עָרֹם, כָּל-הַיּוֹם הַהוּא וְכָל-הַלָּיְלָה; עַל-כֵּן, יֹאמְרוּ–הֲגַם שָׁאוּל, בַּנְּבִיאִם
  שמואל א’ י”ט כ”ד

Y él también se desnudó sus vestidos, y profetizó igualmente delante de Samuel, y cayó desnudo todo aquel día y toda aquella noche. De aquí se dijo: ¿También Saúl entre los profetas? (Samuel I, 19:24)

No nacimos vestidos sino que desprovistos de todo ropaje. La conciencia pura fue cubierta de ideas, pensamientos, conceptos y conclusiones. El condicionamiento humano está compuesto de las vestimentas sociales que cubren la conciencia. Meditar es observar nuestras vestimentas físicas, mentales, emocionales y energéticas y desnudarnos gradualmente. El sendero espiritual conduce al desnudo de la conciencia. La iluminación es simplemente ser, permanecer en nuestra autenticidad y vivir despojados de toda vestimenta.