Creo que sus ensenanzas podrian beneficiar a mucha gente si fueran difundidas a gran escala

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Vivo siguiendo fielmente el dictado de la existencia. No es mi intención predicar ni convencer a nadie para que camine junto a este servidor. Mi amor por las alturas me ha condenado a una vida solitaria en divina compañía. No creo ser un gurú o maestro, aunque acepto la opinión de quienes me consideran como tal. Respeto tanto la adulación como las críticas, la glorificación como el desprestigio. Me siento más cómodo con el apelativo de comunicador, escritor o cantante bajo la ducha que no espera resultado alguno. Continúo con mi obra sin expectativas de que una masa de adeptos y seguidores perpetúen estas palabras. No pretendo eternizarme a través de una ideología o un método. Muchas teologías y filosofías han terminado siendo obstáculos en el sendero evolutivo de tantos; comienzan como puentes destinados a unir, pero acaban siendo muros que detienen y estancan.
No soy otro típico ‘ayudador profesional’ que no evoluciona porque está demasiado ocupado reformando a otros. El rol de predicador o misionero no va conmigo. No es mi intención evangelizar a otros. No me alcanza el ego para adoptar el papel de salvador de la humanidad, ni el estómago para soportar las náuseas que me causa. Es que nadie ha dañado con tanta crueldad a la humanidad como sus sangrientos salvadores. Nadie le ha infringido tanto dolor y sufrimiento al ser humano como sus libertadores. ¡Dios nos salve de nuestros salvadores! 
Todo ser iluminado ha dejado sus huellas al pasar. El eco de dichas pisadas ha sido codificado, interpretado, comentado, y finalmente presentado como su mensaje para la sociedad. Estos los esfuerzos por organizar la verdad, inevitablemente disminuyen su frescura y valor nutritivo. Muchas verdades se han arruinado al tratar de institucionalizarlas; las han transformado en credos para convencer a otros. Pero la verdad no está destinada a organizarse porque pertenece a lo individual. La institucionalización impide al individuo develar la verdad que yace en la intimidad de sí mismo. En el proceso, la experiencia trascendental se convierte en una simple ideología. Aquello que ocurre en la más profunda intimidad de un individual se transforma en un fenómeno social. Muchos han tratado de institucionalizar la verdad. Aunque pueden haber tenido buenas intenciones, los resultados han sido catastróficos. Sus esfuerzos por ampliar organizaciones han traído consigo el fenómeno de la religión institucionalizada, que ha cubierto verdades bajo montañas de interpretaciones, dogmas, reglas, leyes y regulaciones. Dicha verdad se fue despojando de su espiritualidad, para asemejarse más a la política. 
Hay quienes prefieren ignorar su propio desarrollo y dedicarse al ‘beneficio de la humanidad’. Enseñan lo que no saben, hablan de lo que no conocen y describen lo que no ven. Cuando la individualidad del ser iluminado se sistematiza, el aprendizaje auténtico se reemplaza por la imitación. La difusión pública y la preservación del sistema pasan a ocupar el lugar central. En el proceso de las prédicas masivas a gran escala, la visión original se ve afectada. Las enseñanzas de Jesús, Buda, Mahoma, Moisés, Lao-Tse y muchos otros serán transformadas en simples ‘ismos’. Dichos ‘ismos’ se asemejan a cadáveres que nos recuerdan que hace mucho alguien respiró, palpitó, bailó y amó; son solo bellas lápidas en recuerdo de gigantes del espíritu que pisaron nuestro suelo. 
Se dice que un día caminaban el diablo y su secretario por la calle. De pronto, ambos vieron a un hombre detenerse, levantar algo del suelo y metérselo al bolsillo. El demonio secretario preguntó: «¿Qué encontró ese tipo?», ante lo cual el diablo respondió: «Encontró un trozo de verdad». Entonces, el secretario exclamó: «Pero eso es muy malo para nosotros». Y el diablo dijo: «No te preocupes, los dejaré crear una organización».
En el proceso de desarrollar una organización, se van haciendo concesiones en el mensaje original para beneficiarla. La seguridad y el bienestar de la institución adquieren mayor prominencia que los principios sobre los cuales esta se funda. Ya que prima la entidad, el mensaje inicial se ve relegado a un segundo lugar. Finalmente, toda institución religiosa se perpetúa a costa de la visión original. Se preserva la organización, pero perece el mensaje. La entrega a una causa espiritual organizada no puede liberarnos. Dichas organizaciones se transforman en un obstáculo en el desarrollo del individuo e impiden su evolución. Considero una locura creer que ingresando a determinada institución seré salvo o si me adhiero a cierto credo accederé al paraíso. 
Por supuesto, acepto una pequeña organización que se ocupe de la impresión de mis libros y de filmar mis charlas. El propósito de nuestra organización no es espiritual sino solo práctico y técnico; es una institución con fines logísticos que no se esfuerza por atraer adeptos. Los computadores, autos y teléfonos que usamos no constituyen objetos sagrados de adoración, porque nuestra religión no es convencer a otros. 
La sociedad ha llegado a un punto donde se hace imperioso madurar. Es evidente que la humanidad necesita ayuda, pero no es tarea fácil difundir enseñanzas a gran escala sin distorsionarlas. Por mi parte, mis esfuerzos no son por desarrollar una organización sino por comunicarme. Me dirijo al individuo, y no al público. La humanidad no necesita más instituciones espirituales, sino más individuos que busquen la verdad, el amor y la libertad. Seres interesados en el reconocimiento de la conciencia que están deseosos por descubrir su autenticidad. El mundo está plagado de organizaciones religiosas que veneran el pasado; adoran a seres que experimentaron su divinidad hace cientos y miles de años. Difunden mensajes basados en la experiencia de quienes escucharon de segunda mano lo que ocurrió a un iluminado y predican información reciclada. Pero carecemos de almas que compartan su luz desde el presente. Solo alguien que experimenta el silencio en el ahora puede dirigirse al individuo de corazón a corazón.   
Soy un convencido de que la evolución de la humanidad es individual y no colectiva. Su desarrollo no se producirá a través de organizaciones, sino en y desde los individuos. La raza humana habrá dado un paso importante cuando trascienda lo colectivo, lo público, la masa, el ganado, y realice la individualidad, que es la expresión más elevada de la inteligencia.
No difundo mi mensaje masivamente porque no creo en la religión como fenómeno social. Para mí, la iluminación pertenece al campo individual. Mis libros, respuestas y charlas no son para el colectivo, sino que están dirigidas al individuo. Me comunico como un artista y no como un predicador religioso. El misionero está ocupado en tus reacciones, en tu respuesta a su prédica; está interesado en ganarte para su ideología. Si logra convencerte de su ‘ismo,’ su labor será un éxito. Para el predicador, el resultado de su sermón es lo vital. Como los políticos antes de las elecciones, les importa solo ganar tu voto. Su interés es convertirte de una organización a otra, cambiarte de prisión. Por su parte, el verdadero artista se centra en sí mismo, se expresa desde su interior; no es calculador ni le interesa si su obra recibe aplausos o pifias. Su atención no se centra en los elogios o críticas. A un artista auténtico le interesan las melodías y los colores, y no está ocupado con el resultado de sus obras de arte. 
Por mi parte, no tengo interés en tus reacciones a mis palabras. Si motivan tu búsqueda de ti mismo, continúa tu senda. En mi comunicación, no existe la más mínima intención de convencer a nadie de nada. No trato de vender una ideología. No se trata de una manipulación mental para convertirte a algún ‘ismo’. Mi intención no es predicar, sino acercarme y cultivar una relación íntima. Para una relación fraternal, lo importante será nuestra comunicación privada y no pública. Todo intento de prédica nos torna defensivos. Si intentara convencerte de una ideología, arruinaría nuestra comunión porque te cerrarías a mi melodía. 
Solo comunico mi visión y tú decidirás qué haces con esta. Pero si mi canción te inspira y tomas cierta decisión, esta no será por lo que has escuchado, sino por lo que se ha despertado en tu corazón. Solo entonces permanecerás completo, entero en ti mismo. Tu decisión no provendrá de una ideología externa o una prédica impuesta, sino desde tu propia realidad. 
No es tu organización, colectividad, institución o grupo, sino tú, quien tendrás que abandonar la jaula y volar. Eres tú quien deberás por ti mismo distinguir entre la ilusión y la realidad, porque lo que verdaderamente eres no se accede a través de tu comunidad religiosa, sino que agudizando y purificando tu propio poder discriminativo. La realización de tu auténtica naturaleza la recibirás de tu iglesia, sinagoga o mezquita, sino que la alcanzarás mediante tu inteligencia.
El reconocimiento de lo auténtico puede ocurrir solo en el individuo. Obviamente, no me refiero al individualismo egoico tan promovido dentro de la sociedad mediante sus sistemas religiosos, políticos y morales. Es este individualismo egoico el que nos domina e impide nuestra evolución. No me dirijo a mis lectores, seguidores, discípulos, ni a las naciones o los pueblos. Me dirijo a ti que ahora lees estas palabras. Si se produce una superación de tu condicionamiento, este ocurrirá en ti, porque eres el único que puede trascender el egoísmo mediante tu poder discriminativo. Solo tú puedes cultivarlo a través de la observación de tu mente. Solo tú puedes lograr diferenciar entre la oscuridad y la luz, el día y la noche, el apego y el amor. Solo tú puedes separar entre lo temporal y lo eterno, lo real y lo aparente, lo que somos y lo que creemos ser. Solo tú debes morir como personalidad para renacer como individualidad.