El dano de la religion institucionalizada

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Deseo aclarar que no critico a la religión, sino al fenómeno de la religión institucionalizada. La auténtica religión es una, mientras que la religiosidad organizada posee diferentes caras. Siendo un fenómeno social y no espiritual, hay tantos ‘ismos religiosos’ como culturas: ‘templismo’, ‘iglesismo’ o ‘sinagogismo’ denominados judaísmo, cristianismo, budismo, hinduismo, islamismo, etc. 
La religión es del maestro iluminado, mientras que la religión organizada es de los predicadores, los curas, los rabinos, los pandits, los imanes y los ‘sat-sanguistas’ modernos. La auténtica religión ha florecido en un Jesús, Buda, Moisés, Mahoma, Shankara, Krishna, Chaitanya, Lao Tze o Guru Nanak. Los ‘ismos religiosos’ corresponden al Papa, al vaticano, al Rabinato Principal de Israel, etc. Jesús no escuchó sobre cristianismo, catolicismo o protestantismo. Moisés nunca supo el término judaísmo. Buda jamás imaginó que fundaría el budismo. 
Me considero religioso y por eso, mis palabras parecen subversivas hacia la religión institucionalizada. La auténtica religión siempre ha sido reaccionaria hacia los negocios seudoespirituales que arriendan un dios inventado y nos venden parcelas imaginarias para después de la muerte, algo así como inmobiliarios del paraíso; lo vemos claramente en la reacción de Jesús a los mercaderes en la entrada del templo de Jerusalén. 
La religión organizada nace desde el temor, de una necesidad psicológica de encontrar sentido y explicaciones a las experiencias en nuestra vida. Nos ofrece una salida de la confusión: explica lo incomprensible y acerca lo inalcanzable. La mente humana ha inventado tanto el ritualismo como la simbología religiosa. Pero siendo condicionamiento e ilusión, la mente no puede concebir un dios sagrado.
El principal perjuicio que la religión institucionalizada ha causado a la humanidad ha sido obstruir el acceso a la auténtica religión. Se ha interesado más en preservar la organización que en facilitar el desarrollo espiritual del individuo. Los intereses institucionales egoístas han prevalecido por sobre los de sus seguidores.    
Todas las religiones organizadas se han presentado como la única verdadera. Han tratado de engañar a la humanidad por siglos declarándose los propietarios de los derechos de autor de la palabra de Dios. Cada ‘ismo’ ha contribuido al condicionamiento de millones al convencer a sus víctimas que posee la verdad. Mediante la condena del cuestionamiento de sus dogmas, ha coartado la capacidad de indagar y examinar de sus creyentes. Con la ayuda de todo tipo de artimañas, los han mantenido en la superficie: la duda es una debilidad espiritual, pensar es ocioso, investigar es innecesario. A través de la historia, ha paralizado la facultad de pensar de sus seguidores e incentivado el  fanatismo ciego. Les han inculcado la futilidad de la búsqueda y logrado mantenerlos en la ignorancia acerca de sí mismos. 
Los dogmas han idiotizado a las masas. En lugar de herramientas axiomáticas, los han transformado en fines en sí mismos. La religiosidad barata ha clamado por siglos poseer las respuestas a todas las preguntas; ha carecido de la humildad para aceptar y reverenciar el misterio de la vida. No ha tenido la suficiente honestidad para reconocer públicamente que no todas nuestras preguntas pueden ser respondidas. La ciencia ha sido más sincera y ha aceptado que hay misterios para los cuales carece de explicaciones. 
La religiosidad organizada ha impedido toda evolución espiritual. Una de sus estrategias ha sido difundir un sistema de argumentos prefabricados. Desde pequeños, nos adiestra y adoctrina. Incluso nos da respuestas a las preguntas que no hemos formulado aún. Antes de cuestionarlos la existencia de Dios, nos informa su dirección, inclinaciones, deseos y exigencias. 
Por su parte, la auténtica religión no es exclusiva sino inclusiva. Motiva y apoya al individuo en su búsqueda de la Verdad. Su labor es inspirar el cuestionamiento y la exploración. Se manifiesta cuando trascendemos los límites de la mente y nos liberamos del condicionamiento en el cual estamos atrapados. No es un fenómeno psicológico, ya que no pertenece al dominio de la mente. Se accede a través de la observación y no por medio de fe, creencias y supersticiones. Se alcanza al mirar más allá de toda tradición y costumbre. Lo realmente sagrado solo puede ocurrir al superar el temor, silenciar la mente y trascendernos como fenómeno egoico.  
Dios no es la respuesta, sino del desvanecimiento de toda pregunta. La Verdad se experimenta en el silencio que permanece cuando la actividad mental se detiene. El misterio de la existencia se revela cuando el silencio inocente en la única respuesta; ese tierno callar con el que respondemos a la pregunta: ‘¿me amas?’. Un silencio que lo hace todo tan obvio que la pregunta se desvanece. 
En hebreo, la palabra respuesta es tshuva, o ‘volver a Dios’. Quizás en una noche cualquiera, eleves tu pregunta al cielo y las estrellas parpadeando te abracen con su silencio vivo y ensordecedor… dicho grito silencioso desde lo más profundo de la existencia eclipsará tus enigmas… quizás solo entonces sentirás una caricia de la Verdad.     
«Y he aquí que el Señor pasaba. Y un grande y poderoso viento destrozaba los montes y quebraba las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Y después del fuego, una voz de silencio suave.» (Reyes 1: 11,12). En hebreo es kol dmama daka o… ‘una voz de silencio suave’…