Podria explicar mas acerca de la relacion maestro-discipulo?

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Muchas cosas en la vida no están destinadas a ser explicadas o comprendidas, sino que experimentadas. Al igual que el amor, no es posible entender la relación maestro-discípulo escuchando a otros o leyendo libros. A través del análisis lógico, solo erraremos el punto, ya que se trata de un romance muy misterioso. Es una historia de amor para ser vivida.

El maestro y sus discípulos no entablan una relación. Lo que ocurrió entre Jesús y sus apóstoles, entre el Baal Shem Tov y sus jasidim, entre Buda y su sangha, entre Shankara y sus sishyas, no fue una relación sino un encuentro entre la oscuridad y la luz, entre una gota y el océano, entre el río y el mar. Lo Absoluto se encuentra con lo dual, lo divino con lo humano, la sabiduría con la ignorancia, la luz con la oscuridad, las preguntas con la respuesta. En esta unión,  lo dual desaparece en lo Absoluto, lo humano emerge en lo divino, la sabiduría despeja la ignorancia y la luz disipa la oscuridad.
La palabra sánscrita guru se traduce como ‘aquel que ayuda a despejar la oscuridad’:
gukāras tvandhakāraś ca
rukāras teja ucyate
ajnāna grāsakaṁ brahma
gurur eva na saṁśayaḥ

La sílaba gu es la oscuridad, y se dice que la sílaba ru es la luz. No hay duda que el gurú es, en efecto, el conocimiento supremo que absorbe la oscuridad de la ignorancia. (Śrī Guru Gītā, 23)
También el Vaiṣṇava-Kaṇṭḥ-Hāra afirma algo muy similar en el siguiente texto:

gu śabdas tv andha-kāraḥ 
ru śabdas tu nirodhakaḥ
andha-kāra-nirodhatvād
gurur ity abhidhyate

La palabra gu significa ‘oscuridad’ y ru significa ‘aquel que disipa’. Debido a su capacidad para disipar la oscuridad de la ignorancia, a un transcendalista se le llama gurú. (Vaiṣṇava-Kaṇṭḥ-Hāra)
Las relaciones que conocemos en nuestra sociedad son siempre duales: entre padre e hijo, vendedor y cliente, jefe y empleado, hermanos, amantes, amigos, vecinos, etc.; se entablan entre dos egos. En la plataforma dual; por definición, una relación no puede ser de una sola persona. Sin embargo, en la relación maestro-discípulo solo el discípulo concibe al gurú como un ser diferente de sí mismo. Su ignorancia le impele a verlo como otra persona, pero no es así desde el ángulo del maestro. El encuentro del maestro y su discípulo elimina toda separación, develando la unidad subyacente. Se esfuma todo lo que disgrega, todo lo que divide. El maestro no es alguien, es nadie, un vacío, una presencia, una nadeidad. Por eso, el discípulo se encuentra consigo mismo. Arjuna se dirige a Kṛṣṇa de la siguiente manera:

sakheti matvā prasabhaṁ yad uktaṁ
he kṛṣṇa he yādava he sakheti
ajānatā mahimānaṁ tavedaṁ
mayā pramādāt praṇayena vāpi
yac cāvahāsārtham asat-kṛto ’si
vihāra-śayyāsana-bhojaneṣu
eko ’tha vāpy acyuta tat-samakṣaṁ
tat kṣāmaye tvām aham aprameyam

Considerándote mi amigo y sin conocer tus glorias, te he llamado irreflexivamente, ¡oh, Kṛṣṇa!, ¡oh, Yādava!, ¡oh, amigo mío! Por favor, perdona todo lo que haya hecho por locura o por amor. Te he faltado el respeto muchas veces, bromeando mientras descansábamos, acostándome en la misma cama, sentándome contigo o comiendo contigo, a veces a solas y a veces frente a muchos amigos. ¡Oh, tú, el infalible!, por favor perdóname por todas esas ofensas. (Bhagavad-gita, 11.41-42)
El maestro no es, ni puede ser, un amigo del discípulo en términos mundanos. La amistad ordinaria consiste a menudo en una mutua alimentación egoica. Ya lo dijera León Daudi: «¿Quieres un consejo para tu éxito en la vida de relación? Ayuda a los otros a sujetarse la careta». En general, en eso consiste la amistad: en ayudarse mutuamente a sostener las máscaras. La mayoría de la gente elige como amigo a quien le alimenta su ego. En ese sentido, el maestro no puede ser considerado un amigo. Sin embargo, es el único amigo verdadero porque ayuda a los discípulos a trascenderse a sí mismos, a ir más allá del ‘yo’. 
El maestro actúa como enemigo del fenómeno egoico. Sus palabras y acciones son un ácido destinado a diluir el ego del discípulo. El accionar del gurú es implacable, demoledor, destructivo. Su labor consiste en eliminar los sueños, ilusiones y fantasías del discípulo. El maestro no es una comodidad, sino que constituye una verdadera molestia empecinado a disturbar nuestro dormir. 
La sociedad y los medios de comunicación nos bombardean con ofrecimientos de comodidad, seguridad y consuelo. Si usted establece una empresa que pueda ofrecer dichos factores, tenga por seguro que será un buen negocio. Pero la cercanía del gurú no es para los buscadores de seguridad o consuelo, sino únicamente para aquellos que anhelan liberación. 
Para el discípulo, el maestro es Dios; para el maestro, todo el mundo lo es. La visión del gurú es que la naturaleza subyacente a todo ser es divina.  De acuerdo con las sagradas escrituras, en lo más íntimo de cada uno de nosotros yace el gurú original Bhagavad-gītā (15.15):

sarvasya caham hrdi sannivisto 
mattah smrtir jnanam apohanam ca 
vedais ca sarvair aham eva vedyo 
vedanta-krd veda-vid eva caham

Yo me encuentro en el corazón de todos, y de mí proceden el recuerdo, el conocimiento y el olvido. Es a mí a quien hay que conocer a través de todos los Vedas. En verdad, yo soy el compilador del Vedānta y el conocedor de los Vedas. (Bhagavad-gītā, 15.15)
La presencia del gurú nos inspira y eleva; es una flor, una puesta de sol, una luna llena. Solo nuestra identificación con la mente nos separa del maestro. El caitya-guru yace en lo profundo de nosotros ya que es uno con el Ser. Tanto el dīkṣā-guru como los śikṣā-gurus, el sannyāsa -guru y los upagurus son solo diferentes manifestaciones que adopta el caitya-guru para hacer posible una comunicación; son imprescindibles porque hasta que no logremos el nivel adecuado para contactarnos directamente, la comunicación precisa agentes externos. Si nuestra actitud es la apropiada, seremos capaces de ir reconectándonos gradualmente a nuestro maestro espiritual interior.
El maestro no ofrece un sendero hacia un ideal lejano; tampoco enseña una teoría o doctrina que nos otorgue cierta comprensión. El gurú no predica una determinada religión sino él mismo es la religión de su discípulo. Un verdadero discípulo no elige un maestro dentro de su propia religión, sino que sigue la religión a través de la cual su gurú elige expresarse.

Generalmente, se confunde la relación del profesor-estudiante con el encuentro maestro-discípulo. Aunque hay ciertas similitudes, la diferencia entre ambas situaciones es abismal. El estudiante sabe que busca información y conocimiento. El discípulo, por su parte, aunque experimenta una urgente ansiedad, desconoce el objeto de su anhelo; busca la verdad o a Dios sin saber lo que dichas palabras simbolizan. Aspira al misterio, anhela perderse en lo desconocido. El estudiante desea ‘saber acerca de’, el discípulo desea ‘ser’. La meta del estudiante es clara porque su ímpetu nace desde la mente, mientras que la del discípulo viene del alma. Su motivación ignora las palabras, porque emerge desde una dimensión previa a estas, anterior al plano mental.  
La relación entre profesor y estudiante es de carácter intelectual; está dirigida hacia el conocimiento y se desarrolla a nivel mental. Esta consiste en una transferencia de información. El profesor enseña y el estudiante aprende. Por su parte, el encuentro entre maestro y discípulo es de naturaleza existencial; no es acerca de estudiar o aprender, sino de ser. En el Pirkei Abot, se dice que Moisés recibió la Torá del Monte Sinaí. El maestro no es solo una persona, sino el lugar donde nuestro encuentro con la conciencia tiene lugar. Este encuentro no se remite al plano físico o mental, sino que ocurre a nivel de almas. 
El discípulo va tras la realización de su auténtica naturaleza; se ha percatado de su ignorancia acerca de lo que es. El discípulo es una pregunta y el maestro es la respuesta, es el Ser. El estudiante busca información, mientras que el discípulo va tras una completa transformación.  El profesor enseña una materia; el maestro se enseña a sí mismo. El verdadero discípulo desea aprender a su maestro, porque es la esencia del Ser.
A diferencia del maestro, el profesor imparte conocimiento. Por su parte, el gurú se empeña en una completa liberación epistemológica. El esfuerzo del pedagogo es de ampliar el almacén informativo de sus estudiantes; el del maestro está dirigido hacia una total emancipación de nuestras teorías, ideas, conceptos y conclusiones. 
El encuentro maestro-discípulo implica para este último aceptar un proceso transformativo de liberación del ayer, del pasado, de lo sabido. Como polvo sobre un espejo, lo conocido no permite reflectar la realidad. Cubiertos por teologías, filosofías y escrituras, no podemos reflejar lo divino. Formando parte de un determinado ‘ismo’, en lugar de buscar la Realidad, proyectamos ideas y conceptos acerca de ella. Los ídolos de piedra y bronce no conllevan un gran peligro. La verdadera idolatría es hacia ídolos mentales hechos de pensamiento. La adoración de lo divino es reemplazada por la adoración de nuestra idea acerca de este. Lógicamente, la búsqueda de nuestras propias ideas no nos puede conducir a develar algo real. 
Ideas, al igual que palabras, son símbolos, pero no son la cosa en sí. Figuras, nombres y símbolos pueden ser un puente hacia lo innmanifestado. El peligro es quedarse atrapados en la simbología, ya sea mental, verbal o física. Para acceder a la Verdad, la Realidad, a Dios, es imprescindible destruir nuestros ídolos de pensamiento y vaciarnos por completo de toda idea, concepto o conclusión. 
El maestro no es una persona sino un vacío a través del cual podemos salir hacia nuestra libertad. Una puerta abierta nos permite ver el paisaje, pero la puerta no es un objeto sino un hueco en la pared. El discípulo puede pensar que los árboles y colinas le pertenecen a su maestro. Sin embargo, el gurú en sí es solo una ausencia que expone la belleza de las montañas. Un verdadero maestro jamás permitirá que sus discípulos se apeguen a él como persona. Naturalmente, ellos desearán apegarse al individuo al cual ven como salvador o mesías. Sin embargo, sabiendo que dicha actitud les dañaría, el maestro la evita. Los discípulos  deben relacionarse con el maestro como una puerta abierta hacia la Verdad que los invita a salir. 
El maestro espiritual no es solo un guía, sino es el camino, como lo indica el Maitrī Upaniṣad:

uddhartum arhasi andhodapānastho bheka ivāham asmin saṁsāre bhagavan no gatis tvaṁ no gatiḥ

Por favor, acepta liberarme. En este ciclo de repetidos nacimientos y muertes soy como una rana dentro de un pozo seco. Su Divina Gracia, usted es nuestro sendero, usted es nuestro sendero. (Maitrī Upaniṣad, 1.4)


Este es un concepto muy similar al que nos presenta el Nuevo Testamento (Juan, 14.6): «Yo soy el camino, la Verdad y la vida -le contestó Jesús-. Nadie llega al Padre sino por mí.»
El maestro cumple las funciones de padre espiritual. Así como a través de nuestros progenitores recibimos el cuerpo físico, por medio del maestro nacemos al espíritu. Nuestros padres biológicos son una puerta hacia el mundo y el maestro es una puerta al plano de la conciencia.  Sin embargo, solo tú puedes cruzarla. Nadie, ni siquiera el maestro, puede cruzar la puerta en lugar tuyo.  
Aunque la democracia puede ser un sistema apropiado para la sociedad moderna, hay muchas circunstancias en que es imprescindible renunciar a ella. Un avión debe ser manejado por un piloto y no en base al voto democrático de los pasajeros. El médico debe ignorar a menudo las preferencias de sus pacientes. Asimismo, un proceso transformativo no puede desarrollarse sobre bases democráticas. El discípulo no puede esperar una actitud democrática en el trabajo con su maestro. Obviamente, una persona dormida no está capacitada para elegir si despertarse o continuar durmiendo.
Un auténtico maestro es un dedo indicando la dirección hacia la libertad. Por lo tanto, jamás satisfará las expectativas de sus discípulos. Un comerciante tratará de complacer a sus clientes. Un político hará lo posible por mantener contentos a sus votantes. Pero solo un falso maestro responderá a las expectativas de sus seguidores. Uno verdadero los desilusionará en repetidas oportunidades. Por eso, son muy pocos los  discípulos que permanecen junto al maestro. Cada gurú real posee su respectivo ‘Judas’ y una estela de defraudados que no pudieron eliminar sus propias expectativas. 
Un auténtico discípulo encontrará un verdadero maestro; asimismo, uno mediocre se entregará a un gurú cuestionable; y un falso discípulo con toda seguridad, se sentirá atraído a un gurú falso. Hoy en día, se habla mucho de maestros impostores. Sin embargo, la culpa no es solo de los maestros, sino en su gran mayoría de la gente que se siente atraída a quienes le dicen lo que desean escuchar. 
Es muy importante que el discípulo no confunda la labor del maestro. El sadhaka debe tomar la responsabilidad. El maestro puede indicar donde se encuentra el agua, pero es el discípulo quien debe beber para calmar su sed. El gurú puede indicar la dirección de la salida, pero es el discípulo quien debe abrir sus alas y volar. El maestro apoya y motiva pero no puede realizarse en lugar del discípulo. La labor del maestro es como de un policía que dirige el tránsito. Este puede indicar las direcciones, pero no es su trabajo llevarnos a la dirección que vamos.  
La actitud del discípulo debe ser servicial e inquisitiva. Krishna dice:
tad viddhi pranipatena
pariprasnena sevaya
upadeksyanti te jnanam
jnaninas tattva-darsinah

Tan sólo trata de aprender la verdad acudiendo a un maestro espiritual. Hazle preguntas de un modo sumiso y préstale servicio. Las almas autorrealizadas pueden impartirte conocimiento, porque han visto la verdad. (Bhagavad-gita, 4.34)
Si te acercas a un gurú, debe ser para servir y no para ser servido, para dar y no para recibir. El gurú no puede darte nada que no poseas. Solo precisas al Ser, pero ya eres el Ser y solo tú puedes dártelo a ti mismo. El gurú te enseña el arte de dar para que te des tu propia naturaleza. 
El discípulo no se acerca a un maestro espiritual porque busca conocimiento; está cansado de información y su corazón es una gran pregunta. Pregunta, examina y explora pero no mediante preguntas intelectuales. Pone a un costado todo lo sabido y renuncia a lo conocido, porque solo siendo receptivo será capaz de aprender. El proceso espiritual de aprendizaje no es de tipo intelectual solamente, sino trascendental. 
Incluso los discípulos de sexo masculino, manifiestan cierta femineidad. Se acercan al maestro con vulnerabilidad y receptividad. Su actitud es pasiva y libre de defensas. Su apertura les permite ser penetrados por la presencia del maestro. La entrega de un alma enamorada es de naturaleza femenina. El maestro es un fenómeno masculino aunque se trate de una mujer. 
El cultivo de la receptividad y la vulnerabilidad nos prepara para la entrega incondicional que constituye un paso imprescindible hacia la transformación total. La entrega nace desde una auténtica confianza en el corazón del discípulo y jamás es impuesta por el maestro. Si así fuera, se debe dudar de la veracidad de dicho gurú. 
La entrega incondicional es el sendero hacia la profunda comunión del discípulo con su maestro. Si alguien aún no ha encontrado a su maestro, puede entregarse a la vida, la existencia o a la totalidad. Lo realmente importante es el despertar de dicha entrega incondicional en el corazón. 
Krishna dice en el Bhagavad-gita:

sarva-dharmān parityajya mām ekaṁ śharaṇaṁ vraja
ahaṁ tvāṁ sarva-pāpebhyo mokṣhayiṣhyāmi mā śhuchaḥ  

Abandona todas las variedades de dharmas y tan sólo entrégate a mí. Yo te liberaré de todas las reacciones pecaminosas. No temas. (Bhagavad-gita, 18:66)
La relación del discípulo no es con ‘alguien’ sino con la divinidad. La entrega del discípulo no es a una persona sino a los pies de la Verdad.      
El proceso evolutivo que tiene lugar dentro del contexto maestro-discípulo florece desde la confianza, el amor y la fidelidad. El desarrollo del discípulo no es el resultado de determinada actividad. El aspirante no evoluciona como producto de una práctica específica. Toda práctica es una preparación, pero no produce el desarrollo en sí.
Se trata de un encuentro incondicional donde el discípulo, hambriento de Verdad, no exige nada. Por su parte, el maestro que es Verdad no promete paraísos después de la muerte. El discípulo no exige nada porque ignora lo que busca. El maestro no promete porque todo lo que ofrece está incluido en su silencio, en su presencia.  
El verdadero maestro alumbra, pero nunca encandila. El discípulo es una búsqueda por la disipación de la oscuridad. Anhela ver claramente lo que es, tal como es. La humanidad no percibe el mundo tal como es, sino como le parece. En lugar de observar, proyectamos nuestro contenido mental sobre lo observado. El discípulo busca claridad porque se ha percatado de que no ve el mundo e incluso a sí mismo tal como son. El maestro no le otorga nada concreto, sino la posibilidad de observar lo que ya es. El maestro es el sol mientras que el discípulo reside en la noche. El gurú es luz que ofrece su claridad al discípulo que vive en la oscuridad.
om ajnana-timirandhasya jnananjana-salakaya 
caksur unmilitam yena tasmai sri-gurave namah

Nací en la más oscura ignorancia, y mi maestro espiritual me abrió los ojos con la antorcha del conocimiento. Le ofrezco mis respetuosas reverencias. 
Tanto el discípulo como el maestro son una búsqueda. El primero busca abrirse a un ilimitado recibir. Una apertura tan amplia e incondicional que le permita aceptar el universo entero. Por su parte, el maestro busca un recipiente apropiado para depositar su secreto infinito. 
Una observación superficial nos deja la impresión de que el discípulo lo da todo a su gurú a cambio de elevación espiritual. Sin embargo, el encuentro entre ambos no es una relación de dar y recibir. Nadie da ni recibe nada. La verdadera intención es despertar el divino potencial dormido que yace en el discípulo. En el Śrī Guru-gītā se dice:

yajno vrataṁ tapo dānaṁ
japastīrthaṁ tathaiva ca
gurutattvam avijnāya
mūḍhāste carate janāḥ

Es un gasto innecesario de tiempo practicar japa, ritos de sacrificios, votos, penitencia, caridad y peregrinaciones, sin una adecuada comprensión del principio del gurú. (Śrī Guru-gītā, 24)
Es un encuentro incondicional carente de promesas o exigencias. El discípulo está hambriento de Verdad, pero no exige nada; por su parte, el maestro es Verdad, pero no promete paraísos después de la muerte. El discípulo no exige nada, ya que ignora lo que busca; el maestro no promete nada, ya que todo lo que ofrece está incluido en su silencio, en su presencia. El discípulo es tierra fértil; el maestro, una nube cargada de lluvia.
El fenómeno del maestro se trata más de presencia que de sustancia, una presencia y ausencia simultánea. Como presencia, es totalidad aquí y ahora. Como sustancia, es la ausencia de alguien o algo objetivizado en el espacio y el tiempo; carece de la aparente masa y sustancialidad que brinda el fenómeno egoico limitado. El gurú en una vacuidad corporificada… es la sombra de la nadeidad, el reflejo de la vaciedad sobre el lago de lo relativo. El maestro espiritual es vacío, nada. Todo discípulo desea la cercanía del maestro. Sin embargo, nunca la experimenta. A pesar de vivir muy cerca físicamente, nunca logra sentirse cercano a ‘alguien’. En este sentido, lo que ocurre entre maestro y discípulo es una historia de amor, pero no como las que conocemos. No es una relación entre dos, sino un dueto de uno.
El maestro espiritual es la más fiel expresión de lo Absoluto dentro de los límites de lo relativo; el Ser se expresa en su silencio, en su mirada, en sus gestos. Ante el maestro, nos sentimos menos mente, menos cuerpo, y más ser… Su presencia emana de la totalidad de quien se encuentra establecido aquí y ahora. Aprender de un maestro es sentarse cerca y percibir  la melodía que fluye de su alma. Sintonizando con su silencio, reconocemos el nuestro en lo profundo del alma. Acercándonos a donde se encuentra el gurú, descubrimos donde estamos realmente situados. La lejanía que sentimos es la distancia de nosotros mismos. Ante la presencia del maestro, el discípulo reconoce la suya; ante el silencio del maestro, el discípulo descubre el propio… se descubre… En realidad, esa es la idea tras la palabra satsaṅga, la cual significa ‘sentarse con la Verdad’. Satsaṅga es la profunda e íntima comunión de dos presencias, dos silencios, emergiendo como uno… 
Al contemplar una bella obra de arte, nos abraza una experiencia de tierna paz y fresca felicidad. Sin embargo, si analizamos los componentes de aquella pintura en un laboratorio, no encontraremos paz. La felicidad no proviene de un cuadro, sino de lo profundo de nuestro interior. En otras palabras, esa obra de arte, aquella flor o puesta de sol funcionan como un agente que nos ayuda a conectarnos al manantial de paz y dicha que siempre yace en lo más íntimo de nosotros mismos. Similarmente, lo que experimentamos en presencia del maestro es nuestra auténtica naturaleza o Dios. 
No hay nada que experimentamos en presencia del maestro que no exista ya en nosotros. Solo que el maestro es una realización y el discípulo un potencial. El maestro es la flor, el discípulo la semilla. El gurú representa las posibilidades del discípulo, este último representa lo que el gurú fue. El maestro es el mañana del discípulo, mientras que este último es el pasado del gurú. Frente al maestro el discípulo se encuentra frente a sus posibilidades, frente a lo que la existencia sueña para él.