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Si analizamos nuestra manera de relacionarnos, tanto entre nosotros como con el mundo que nos rodea, surgirán una serie de preguntas. ¿Por qué hay tantos asesinatos, guerras y actos de terrorismo?; ¿por qué arruinamos el medio ambiente?; ¿por qué somos incapaces de establecer relaciones sinceras con familiares y amigos?; ¿por qué nos cuesta relacionarnos con los demás sin crear conflictos, disputas y tensiones?
¿Qué son las relaciones humanas? Las relaciones humanas son un conjunto de interacciones y vínculos que se producen entre diferentes individuos gracias a la comunicación y son necesarias mientras vivamos. Dichas relaciones constituyen lo que denominamos sociedad.
El caos que reina en el mundo actual se origina en el condicionamiento humano, que es la fuente de toda pena, confusión, contradicción, conflicto, miseria y sufrimiento. A consecuencia, la humanidad está fracturada en el aspecto geográfico, nacional, lingüístico, cultural, político, ideológico y religioso.
El conflicto e incoherencia en la sociedad se deben a la manera desordenada en la cual nos relacionamos, que es, a su vez, un reflejo de nuestra desorganización interior. Para lograr la armonía, es necesario desarrollar autodisciplina. Sin embargo, no es posible disciplinarse mediante la represión, sino solo por medio del entendimiento de nosotros mismos y de nuestras relaciones con los demás. Entender nuestra manera de relacionarnos puede ser de gran ayuda para comprendernos, porque nos reflejamos en nuestras relaciones como si estas fueran espejos.
Al profundizar acerca de nuestra manera de relacionarnos, descubrimos que cada ser humano ha elaborado una imagen de sí mismo y de los demás. Esta imagen mental supone un punto de referencia de nosotros mismos. La autoimagen consiste en la visión personal que poseemos de nosotros; se trata de un autorretrato mental que incluye un conjunto de características, tales como habilidades, talentos, aptitudes, apariencia, virtudes, defectos, etcétera. Todas estas cualidades –ya sean reales o imaginarias– forman la imagen de lo que creemos ser y constituyen nuestra propia identidad.
A través de la internalización y el almacenamiento de los juicios ajenos acerca de nosotros, hemos trazado un dibujo o esquema mental de nosotros.
Formamos la autoimagen basándonos en las opiniones ajenas y en nuestras propias interpretaciones acerca de estas. En definitiva, la imagen mental constituye un esquema compuesto por las opiniones registradas acerca de nosotros mismos.
Asimismo, a partir nuestra imagen propia creamos imágenes de los demás. Ya que somos el punto de referencia, captamos a otros de la misma manera que nos percibimos a nosotros mismos. Mientras nos concibamos como una imagen, concebiremos a los demás e incluso a Dios y la Verdad como imágenes. En realidad, seremos idólatras mientras vivamos de acuerdo con la imagen que hemos creado de nosotros mismos. De tal manera, que el complejo de las imágenes comienza y termina en nosotros mismos.
La imagen que poseemos de nosotros mismos se forma de ideas y opiniones ajenas que hemos adquirido al relacionarnos con los demás. Los mayores colaboradores, han sido nuestros padres, pero también tomaron parte nuestros familiares, profesores, compañeros, amigos y conocidos.
Desde muy temprana edad, nuestros seres queridos contribuyeron a la formación de una imagen con la cual nos hemos identificado. Nuestro comportamiento fue creado entre reacciones de aprobación o condena: nos transmitieron con claridad qué debemos hacer para ganarnos su aprecio siendo buenos chicos o chicas. ¿Acaso no recuerdan aquellas frases de nuestros padres como: « ¡Este no es el José Luis que yo conozco!»? Sin embargo, ese «José Luis» no era yo, sino una imagen, un papel que elegí en la vida para satisfacerlos.
De acuerdo con estas opiniones, creamos una imagen positiva o negativa de nosotros. A lo largo de la vida, continuamos acumulando percepciones y evaluándonos. De esta manera, según las circunstancias, escogemos un papel –escritor, deportista, músico, político, hombre de negocios, marido, hijo, tío, etcétera– y nos identificamos con él.
Debido a que la imagen ha sido fabricada con opiniones ajenas acerca de nosotros, esta no contiene nada real; se compone de conjeturas, suposiciones, hipótesis, deducciones, presunciones, sospechas, ficciones, ilusiones y expectativas. Nuestra imagen está desconectada del mundo de los hechos.
Reemplazamos la información acerca de nuestra anatomía, fisiología por una imagen mental de nuestro aspecto físico.
Esta autoimagen afecta nuestro aspecto mental, emocional, físico y social. En función de esta imagen, elegiremos nuestros amigos, vestimentas, trabajos, carreras, gestos, vocabulario, lugares para frecuentar. Según nuestras necesidades, optaremos por ser médicos, músicos, bailarines, pecadores o
incluso religiosos. Nuestros triunfos nos llevarán a crear una imagen de exitosos y nuestras derrotas, de perdedores. Así, responderemos a la vida de la manera en que creemos ser y no cómo realmente somos.
La imagen se compone de las percepciones sensoriales que almacenamos del mundo que nos rodea. Debido a que las percepciones de los sentidos son dinámicas, la imagen está en continua evolución. Por lo tanto, aunque la formación de la imagen tiene lugar especialmente en la infancia y la adolescencia, de hecho es un proceso que abarca la vida entera.
¿Por qué creamos imágenes? La incapacidad de conocer, categorizar o definir por completo a un ser humano lleva a la mente a crear imágenes. El ser humano es un misterio, y este enigma amenaza a la mente, que se siente fuera de control sin poder objetivar y, por ende, poseer. Por lo tanto, las imágenes nos protegen de nuestra inseguridad y nos hacen sentir ilusoriamente a salvo. Sin ellas, sería como vivir todo el tiempo como el primer día en una nueva escuela o lugar de trabajo; escapamos del peligro de movernos en lo desconocido, para experimentar la sensación de seguridad y control de «conocer» a los demás.
De esta manera, la imagen es un escape del dolor y el sufrimiento. Por ejemplo, quien sufre de soledad, creará una imagen que le permita recibir la mayor atención posible. Motivado por esta necesidad de calor humano, desarrollará una imagen de artista u orador público. Sus complejos de inferioridad los hacen desarrollar una autoimagen de superioridad que ayuda a escapar del sufrimiento.
También formamos imágenes de los demás: conocemos a una persona –ya sea nuestra esposa, un hijo o un compañero de trabajo– y vamos acumulando sus palabras, tonos de voz, movimientos, actitudes, reacciones y situaciones, ya sean molestas o placenteras, que vivimos con esa persona. Con el tiempo, creamos una imagen de él o ella formada de este conjunto de percepciones memorizadas.
Las relaciones humanas son, de hecho, vínculos entre imágenes: cada uno se relaciona con el otro a partir de su autoimagen y se dirige a la imagen que ha creado de la otra persona. De esta manera, siendo verdaderos idolatras, no nos percibimos a nosotros mismos ni a los demás.
Es imposible cultivar y desarrollar una verdadera relación entre imágenes. Si formamos imágenes a partir de vestimentas, acciones y palabras, será imposible relacionarnos de verdad. Estas ideas y conclusiones acerca de nuestros semejantes, nos impiden saber quiénes son ellos en realidad.
Por lo tanto, mientras nuestras relaciones se basen en imágenes no serán verdaderas. Solo cuando caiga toda representación, nos descubriremos y sabremos quiénes son los demás.
En realidad, los pronombres personales – tú, él, ella– son meros cúmulos de recuerdos. Por ejemplo, al sentir afecto por determinada persona, en realidad me estoy apegando a una serie de incidentes y situaciones grabados en mi mente. ¿Acaso sé realmente a quién le digo: «Yo te amo»? Asimismo, ¿sé a quién rechazo cuando digo: «Yo no te soporto»? Más aún, ¿sé siquiera a quién me refiero con la palabra «yo» que tanto uso? La función mental de registrar y grabar es imprescindible para nuestra sobrevivencia, sin embargo, es un obstáculo a la hora de relacionarnos.
A consecuencia de dichos símbolos, la humanidad está dividida y fracturada. ¿Cómo puede un judío conocer realmente a una persona musulmana, si conserva el prejuicio de que todos los árabes son terroristas sanguinarios que causan dolor y sufrimiento a víctimas inocentes? A su vez, ¿cómo puede un árabe ver a un judío tal como es, si piensa que todos los judíos son criminales? Solo cuando desterremos las imágenes que hemos creado de los demás, lograremos la paz verdadera, y pondremos fin al racismo y la xenofobia.
Elaboramos imágenes buscando refugio, pero al final, estas terminan coartando nuestra libertad. Con el correr del tiempo, solo podremos comportarnos acorde a la imagen que hemos creado. En esta vida, todo lo que comienza brindándonos una sensación de seguridad, tarde o temprano termina limitándonos.
Con los años, nos sentiremos encerrados y asfixiados dentro de los gruesos muros de la imagen que hemos construido para sentirnos protegidos. La seguridad limita y mientras más seguros queramos estar, más nos aislaremos y desconectaremos de la vida.
Para proteger nuestra imagen, creamos un poderoso sistema defensivo y rechazamos o ignoramos todo aquello que va en detrimento de esta. Al final, no vivimos de acuerdo con lo que somos, sino lo que creemos ser. Lo que llamamos moksha o ‘liberación’ es liberarse de esta imagen y la autoinvestigación o atma vichara no es buscar determinada imagen, sino descubrir « ¿Quién soy yo?».
El problema no es pensar, sino elaborar imágenes mediante el pensamiento. La imagen es «el pensador» que se mantiene a través de la memorización. Ya que las imágenes son pasado, nos obstruyen la realidad y nos mantienen en una plataforma ilusoria hecha de recuerdos y fantasías. Mientras vivamos de acuerdo con imágenes, estaremos desconectados del presente, de la realidad y del mundo de los hechos.
Para establecer relaciones reales, debemos destruir la imagen que poseemos acerca de nosotros mismos y de los demás, lo que implica nuestra autodestrucción como personas.
Dicha aniquilación debe poner fin también al mecanismo que alimenta la imagen, de lo contrario, una nueva imagen no tardará en emerger. El proceso de eliminación es mediante la observación del fenómeno y la atención alerta.
Si somos capaces de percibir el mundo sin grabar, podremos movernos en la vida sin crear representaciones propias o de otros. Nuestras relaciones deben basarse en la observación y no en los registros mentales. Al llegar a la vejez, de tanto grabar, perdemos la capacidad de acumular más información.
Elaboramos imágenes mentales a causa de la falta de atención. El pensamiento mismo es un resultado de la carencia de atención y es producto de la memoria, la experiencia y el conocimiento limitado. En un estado consciente, no formamos imágenes. Al concentrarnos, decrece la actividad mental. Si estamos vigilantes – tanto cuando se nos ofende como cuando se nos glorifica–, el insulto o la adulación nos serán indiferentes.
Muchos se aproximan al maestro porque este, el ashram, el yoga, la ropa, el arte, el incienso, los nombres en sánscrito, etcétera, armonizan con la imagen que han confeccionado de sí mismos. Generalmente, gente así elabora rápidamente una imagen del gurú.
Sin embargo, muy pocos se acercan a un maestro anhelando ver y buscando la ayuda del dedo de alguien que ve y puede señalarles aquellas remotas heridas que por dolor optaron por ignorar. El maestro no alimentará la imagen ni satisfará los deseos de ella, muy por el contrario, llevará la atención a aquellos dolorosos lugares del pasado, a observar la soledad.
Si nos acercamos al maestro con el propósito oculto de alimentar y engordar nuestra imagen, no soportaremos su presencia y finalmente lo abandonaremos. Por el contrario, si queremos ver, con toda seguridad seremos bendecidos con la gracia de la observación.
La psicología ofrece valiosos instrumentos para mejorar la autoestima y reforzar nuestra propia imagen. El psicólogo nos puede ayudar a positivar la manera en la cual nos conceptualizamos y encaminarnos a lo normal para funcionar dentro de la sociedad. Sin embargo, la labor del maestro es llevarnos a lo supranormal, a trascender por completo la imagen, a ir más allá y liberarnos por completo de esta. Mientras elaborar y mantener imágenes nos hace susceptibles a ser lastimados u ofendidos, vivir sin ellas nos permite experimentar la libertad y la paz.
Vivir sin imágenes supone experimentar el mundo sin registrar, acumular o almacenar nuestras experiencias; es observar la realidad sin memorizar nuestras percepciones.
Si deseamos observar un árbol, todo pensamiento, interpretación o idea acerca del árbol nos impedirá observarlo directamente. Vivir sin imágenes significa vivir meditativamente, observando sin reaccionar o memorizar.
La percepción clara de la realidad requiere un completo silencio interior y una total limpieza de pensamientos. La imposición de nuestra memoria sobre lo observado nos resta claridad. No podemos observar con el filtro de nuestros recuerdos de situaciones, momentos, discusiones, ofensas, etc. La atención implica mirar sin tratar de alterar lo observado.
Estar presentes, completamente atentos y vigilantes de la realidad del instante, implica la desaparición de la imagen que hemos confeccionado de nosotros mismos. Nuestra muerte como imágenes consiste solo en situarnos en el presente. En el Bhagavad-gītā, Kṛṣṇa dice:
na tv evāhaṁjātunāsaṁ
natvaṁ neme janādhipāḥ
nacaivanabhaviṣyāmaḥ
sarvevayamataḥparam
Nunca hubo un tiempo en el que yo, ni tú, ni estos reyes no existieran; y en el futuro, ninguno de nosotros dejará de existir. (Bhagavad-gītā, 2.12).
Kṛṣṇa se refiere tanto a su propia existencia individual como a la de los demás, dentro del contexto del pasado y el futuro, sin mencionar el presente. Lo que somos ahora no acepta definición. Tanto el aquí como el ahora constituyen el ácido que deshace toda imagen.
Al referirnos al momento presente, creemos que es una unidad de tiempo relacionada con el pasado y el futuro. Sin embargo, si lo analizamos con mayor detenimiento veremos que no tenemos claro en qué consiste lo que denominamos ahora.
Percibimos el ahora como la transición del pasado al futuro. Pero, ¿cómo podríamos definir el presente en sí, sin relación al ayer y al mañana?
Por ejemplo, si tomamos el presente como una unidad de tiempo, podríamos referirnos al año presente. Pero si corre el mes de marzo, los meses de enero y febrero ya son pasado, aunque están dentro del presente año y los siguientes meses son futuro. De tal manera que para designar el presente, deberíamos tomar un lapso más corto. 
Tomemos el presente mes. Pero en el mes que corre, algunos días pertenecen al pasado y otros forman parte del futuro. Escojamos, pues, un día. Si nos referimos al día como una unidad de tiempo presente, veremos que sucede lo mismo con las horas. Entonces, tomemos esta hora, pero pasará igual con los minutos; tomemos la unidad de tiempo denominada «minuto» como el momento presente. Sin embargo, veremos que también el minuto se compone de segundos que son pasados y otros futuros. Lo mismo ocurre con el presente segundo y así entramos en una regresión infinita.
Podemos denominar a una unidad de tiempo como «puro pasado» o «puro futuro». Por ejemplo, el año pasado pertenece por completo al ayer; el año que viene, al mañana. Pero, ¿a qué podríamos denominar « todo presente»? Toda unidad que elijamos como presente, podríamos, a su vez, subdividirla.
Pareciera que no existe una unidad de tiempo carente por completo de ayer y mañana a la que podemos llamar «ahora».
Si buscamos el presente como una unidad de tiempo libre de pasado y futuro, llegaremos a un tiempo carente de dimensión. Un ‘ahora’ que podría ser subdividido en pasado y futuro, no sería presente puro. Es decir, el tiempo presente es aquel tiempo que no puede subdividirse.Podríamos pensar que nada puede existir sin tiempo. Sin embargo, en el momento indivisible, encontramos la conciencia única que trasciende los conceptos del tiempo y espacio. El presente es conciencia y estar plenamente consciente implica situarnos en el ahora.
La atención es posible solo en el presente. No podemos estar atentos al pasado o al futuro, porque están hechos de recuerdos e imaginaciones, que carecen de conciencia. Al llegar a la unidad indivisible, nos posaremos en la conciencia. La naturaleza esencial del presente es conciencia. Vivir en el presente es ser conscientes.
Con el «ahora» ocurre lo mismo que con el «aquí» que se encuentra en todo lugar: ambos carecen de dimensiones. Al igual que la búsqueda del «ahora» nos demuestra la inexistencia del presente como unidad de tiempo, perseguir el «aquí» nos hace conscientes de que todo «allá» es ilusorio. Por ejemplo, cuando movemos un jarro, parece que el espacio contenido en él se mueve también. El aquí consiste en el espacio interior del jarro constituido por nuestra periferia física, mental y emocional, el cual, en realidad, no es diferente del espacio que se halla fuera de dicho jarro. Dicho espacio dentro del jarro constituye su aspecto oceánico, cada uno de nosotros lo posee. Este «aquí» constituye aquel espacio interior o el centro de nuestra existencia. El «aquí» y el «ahora» son otras maneras de referirnos a la conciencia. 
Vivimos profundamente enraizados en el ayer; nos movemos en el presente, pero desde un pasado. La realidad es el presente, sin embargo, la imagen que hemos elaborado es añeja. Estamos en el presente, pero somos memoria; nos movemos en «lo que es» pero desde «lo que fue». 
Como imágenes, vemos solo el pasado y el futuro; consideramos el ahora como un mero punto imaginario entre el ayer y el mañana. El pasado nos parece real, porque reside en la memoria y el futuro se materializa con nuestras esperanzas. No obstante, es imposible atrapar la realidad del presente. A diferencia del pasado –que almacenamos en nuestra memoria– o el futuro –que mantenemos en nuestra imaginación– el presente se nos resbala entre los dedos y no puede ser poseído o conservado. 
Cuando deseamos percibir el ahora, es aún futuro y si logramos atraparlo, ya es pasado. Cuando ambicionamos experimentar el ahora, pertenece al mañana, y al darnos cuenta de que lo experimentamos, ya forma parte de nuestro ayer.
La imagen es pensamiento y, por ende, tiempo. Por lo contrario, nuestra realidad es atención que implica conciencia. La imagen no conoce el ahora, porque el presente es conciencia. 
Para la persona ordinaria, el presente es ilusorio y lo único real son el pasado y el futuro. Sin embargo, para el iluminado, el ahora es todo lo que existe. Junto con la realización de nuestra auténtica naturaleza, el ayer y el mañana pierden su realidad y el presente se hace verdadero.
Vivimos en la imagen que hemos creado de nosotros mismos y a través de ella. Dicha imagen es memoria, un cúmulo de recuerdos. Es un cadáver hecho de lo que deseamos hacer y no logramos; contiene nuestras frustraciones, ambiciones pasadas, sueños inconclusos. La imagen está muerta y, por ende, no nos permite contactarnos con la vida misma. Esta constituye un distanciamiento de la realidad que nos aísla de la existencia.
Ya que la imagen está compuesta de pasado, se aferra al ayer, retiene lo conocido, aprisiona lo sabido. Protegiendo el pasado, en realidad, la imagen se protege a sí misma. El futuro no consiste más que en una proyección de lo remoto, un ayer con pequeños retoques y algunas modificaciones. La vida es impredecible, sin embargo, la imagen se escapa a lo que fue y busca que se repita.
Encadenados por la imagen, reaccionamos sujetos a padrones de conducta. Ante determinadas situaciones, nos enojamos u ofendemos. Sin embargo, no somos nosotros quienes reaccionamos. Esas actitudes surgen desde nuestra memoria. Creemos ser el origen de nuestras maneras de actuar, por lo tanto, tratamos de racionalizarlas. En nuestros intentos, culpamos a otros por nuestro enojo, tensión o tristeza. En realidad, no reaccionamos por culpa del prójimo, sino que este solo sirve de excusa para racionalizar nuestro comportamiento.
Madurez espiritual significa dejar de culpar a otros por nuestras emociones y comportamientos. Buscar excusas, es tomar la dirección equivocada que nos mantendrá en la superficie. Si en lugar de perseguir a los culpables de nuestra pena, tristeza, miseria, rabia, rencor, celos o enojo nos interiorizáramos, lograríamos encontrar el origen del dolor.
Nuestras reacciones provienen del ayer, de la imagen que hemos creado. Solo al enfocar nuestra atención en el pasado, podremos concienciar las causas del sufrimiento. Aquellas heridas pueden sanar si las observamos con vigilia, porque estas son meros productos de la inconsciencia, la ilusión y el sueño. 
La concienciación de dichos rincones oscuros en nuestro inconsciente depura las causas de las reacciones. Cuando observamos esas esquinas, la conciencia actúa como un poder curativo. De hecho, lo único que puede liberarnos del pasado es la concienciación, ser testigos de nuestro inconsciente hasta liberarnos del cautiverio del pasado. Vivir desde la imagen que hemos creado es dejar que el pasado viva en lugar nuestro; es aceptar el yugo de lo anejo sobre nosotros. Solo al liberarnos del cautiverio del ayer, seremos capaces de descubrir el presente. La autoimagen es solo un baúl de pasado y futuro que almacena lo que ya ocurrió y lo que todavía no ha ocurrido. Por ende, mientras sigamos enmascarados, será imposible acercarnos al presente.
Al experimentar tristeza, dolor, pena, celos, violencia o depresión, observa tu interior. En la medida en que penetres en tu imagen, retrocederás en el tiempo. No hagas nada, solo observa atentamente, sin reaccionar. Si juzgas, no podrás observar porque estos rincones se escapan al inconsciente cuando se los acusa. Si tu imagen se siente condenada, se ocultará nuevamente. Asume la posición del testigo y solo observa, compasivamente y sin intervenir.
Nuestra evaporación como imagen solo puede ocurrir al situarnos en el presente y percibir la realidad, libres de reacciones o interpretaciones. Meditar es contemplarnos sin objetivarnos y experimentar la presencia de lo que realmente somos, aquí y ahora. 
Meditación es observarnos en silencio. Para tal efecto, no es necesario hacer nada ya que toda acción o esfuerzo proviene de nuestra imagen de «hacedores». Situarnos en el momento presente y observar implica una profunda alquimia interior. Optar por una observación del mundo en lugar de una reacción ante él. Este es el gran cambio: la transformación del «hacedor» en el «testigo».